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Opinión - Jesús García Aiz
La Mirada de la Fe - 03/10/2021

EL CIELO ES GOZAR DE DIOS (I y II)

La voluntad de vivir, según la verdad y según el amor, también debe abrir a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros, a la valentía de tener ya la alegría en la espera de la vida eterna

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EL CIELO ES GOZAR DE DIOS (I y II)


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En su obra más personal (Testamento del pájaro solitario) decía J. L. Martín Descalzo que «Morir solo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba. Acabar de llorar y hacer preguntas; ver al Amor sin enigmas ni espejos; descansar de vivir en la ternura; tener la paz, la luz, la casa juntas y hallar, dejando los dolores lejos la Noche-luz tras tanta noche oscura».

Y es que, para el cristiano, la muerte es un límite, pero no un final. El único final posible para el hombre y la historia es aquel en el que Dios reine absolutamente. Esa vida, ya plena, se describe con variedad de imágenes, relacionadas con la de una creación nueva, un banquete al que todos, sin exclusión, somos invitados. Así, la vida eterna significa la plenitud de la creación y la culminación del proyecto del reino de Dios.

En la Biblia leemos una y otra vez que el cielo es «la morada de Dios», «el santuario de Dios» o «el trono de Dios»; y que Dios es «el que se sienta en las alturas». Pero a los autores bíblicos nunca se les pasó por la cabeza que nadie fuese a interpretar esas expresiones al pie de la letra. Se trata de símbolos, es decir, realidades que remiten a algo que, en sí mismo, resulta inaccesible.

Esto supone que la realidad significada por el símbolo es siempre mucho mayor que el símbolo empleado. Por eso, los autores bíblicos recurren a veces a una expresión más grandilocuente: «Los cielos de los cielos». No obstante, eso les parece poco, ya que incluso Salomón le llega a decir a Dios que «los cielos de los cielos no pueden contenerle».

Los símbolos «el cielo» y «lo alto» mantienen entre nosotros toda su capacidad expresiva, pues en la Biblia, el «cielo» y lo «alto» aparecen tan vinculados a Dios que ambas palabras se emplean como sinónimas. Y hasta 116 veces se llama a Dios «el Altísimo». Por eso, cuando el evangelio de Mateo dice «reino de los cielos» está refiriéndose a lo mismo que los demás evangelistas llaman «reino de Dios».

Entonces, si el cielo de la fe no es el cielo que contemplamos cada día y cada noche, ¿dónde está el cielo de la fe? Pues san Agustín nos lo aclara al decir que «Dios, que nos conserva en un lugar durante esta vida, será nuestro lugar después de ella». Esto significa dos cosas. La primera, que en la otra vida no tienen sentido las actuales categorías de espacio y tiempo. La segunda, que el cielo es ante todo gozar de Dios.

Es más, el Catecismo de la Iglesia define el cielo como «el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha». Así, con el término cielo, el creyente expresa la vivencia gozosa de la presencia de Dios.

PARTE II

En una de sus homilías, el Papa emérito Benedicto XVI afirmaba que, con frecuencia, tenemos un poco de miedo a hablar de la vida eterna; que hablamos de las cosas que son útiles para el mundo, que mostramos que el cristianismo ayuda también a mejorar el mundo, pero que no nos atrevemos a decir que su meta es la vida eterna y que de esa meta vienen luego los criterios de la vida. Por ello, debemos reconocer que solo en la gran perspectiva de la vida eterna el cristianismo revela todo su sentido.

La voluntad de vivir, según la verdad y según el amor, también debe abrir a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros, a la valentía de tener ya la alegría en la espera de la vida eterna. En efecto, esperar la vida eterna. Esperar que Aquel que es el Amor eterno transforme nuestra realidad purificándonos de nuestras esclavitudes para poder albergar en nosotros la eternidad de su amor.

La identidad (del latín identitas y esta de idem, «el mismo») es mucho más que tener nombre y apellidos en el registro civil; es lo que nos identifica ante nosotros mismos y ante los demás como individuos únicos, irrepetibles e insustituibles.

Las personas a quienes queremos y los valores a los que consagramos nuestra vida son elementos constitutivos de nuestra identidad. ¿Qué pasará con todo eso en la otra vida? La pregunta es importante porque, modificando un poco la famosa sentencia de J. Ortega y Gasset en su obra Meditaciones del Quijote, podríamos decir: «Yo soy yo y mi mundo, y si no se salva él no me salvo yo».

Explica santo Tomás de Aquino en su magna obra la Summa Theologiae que la compañía de los amigos que tuvimos en la tierra no es una exigencia necesaria para ser perfectamente felices en el cielo, porque la persona humana «tiene toda la plenitud de su perfección en Dios. Pero la compañía de los amigos formará parte de la bienaventuranza». Y lo mismo podríamos decir de las demás personas a las que hayamos amado verdaderamente (abuelos, madre, padre, esposa, esposo, los hijos…).

El hecho de que muchos cristianos crean más en la resurrección de los muertos que en la inmortalidad del alma, tiene mucho que ver con lo que acabamos de decir, porque las almas no tienen «puertas ni ventanas», pues es el cuerpo quien las permite comunicarse con los demás, tanto aquí como en la otra vida.

En esto consiste también afirmar que Dios es amor, amor eterno del que no caduca ni pasa de largo o de visita. Por eso el amor es eterno. Y es verdadero amor si está, comparte y compromete, marcando una huella imborrable en nosotros. Esto es el Amor de Dios, del que más místicos que Lope de Vega dirían que «quien lo probó lo sabe».

Jesús García Aiz




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