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Opinión - Jesús García Aiz
La Mirada de la Fe - 07/03/2021

TRANSFORMAR LA DIFICULTAD EN OPORTUNIDAD

Allí, en la montaña del Tabor, recibió la luz de Dios y la fuerza del Espíritu, reafirmó su libertad, su unidad interior, y continuó su camino hacia Jerusalén con decisión y firmeza

Almeria 24h
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TRANSFORMAR LA DIFICULTAD EN OPORTUNIDAD


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En la vida humana pasamos por situaciones muy diversas. A veces la situación que vivimos es tranquila y en otras ocasiones es tensa y agotadora. En cualquier caso, nadie puede evitar tener que hacer frente a situaciones extremas que nos superan. Y las situaciones extremas son aquellas de las que no podemos escapar, justamente aquí y ahora, y a las que hemos de dar una respuesta concreta que marcará nuestro futuro.

La persona de Jesús de Nazaret también pasó por estas situaciones. Las cosas se iban complicando y Jesús el Cristo era bien consciente de que, si continuaba el camino hacia Jerusalén, se irían complicando todavía más y que su vida corría peligro. Sin embargo, si no iba a Jerusalén, renunciaba a su libertad y a la misión que había recibido de Dios Padre. Ante este difícil dilema Jesús subió a la montaña del Tabor a reflexionar y a orar. Le acompañaron Moisés y Elías, que simbolizan el Antiguo Testamento.

Allí, en la montaña del Tabor, recibió la luz de Dios y la fuerza del Espíritu, reafirmó su libertad, su unidad interior, y continuó su camino hacia Jerusalén con decisión y firmeza. Las dificultades exteriores no habían cambiado, pero se habían transformado en una oportunidad para crecer y para ser fiel al proyecto vital y a Dios Padre hasta el final. De esta manera y en esta experiencia, Jesús de Nazaret se abandonó confiando Plenamente en Dios, reafirmó su libertad y encontró la fuerza interior para continuar y amar hasta el final.

Este icono antropológico y evangélico de la Transfiguración que aparece reflejado en Lc 9, 28-36, y que ya escuchamos el pasado domingo II de cuaresma con la versión que ofrece Mc 9, 2-10, nos plantea tres preguntas para pensar y contemplar la orientación básica de nuestra vida. Son tres preguntas que, gracias a la Palabra revelada, llevadas a la oración personal, a la oración comunitaria de la eucaristía y a la praxis transformadora diaria, pueden orientar nuestro camino personal y comunitario y dar un sentido más maduro a nuestro proceder diario.

Ciertamente, son preguntas propias de los que nos sentimos cristianos, pero que también tienen una interpretación humanista. Pues bien pueden ayudar a todos los que buscan el sentido de la vida y, por tanto, a pensar cuál es el fundamento firme que sostiene nuestra vida: ¿mi fe confía firmemente en Dios y está enraizada en Él? ¿Esta confianza en Dios fortalece mi libertad? ¿Esta confianza y esta libertad son la fuente de mi trabajo y mi amor?

En definitiva, son tres preguntas que se pueden resumir en una sola cuestión: ¿dónde está la roca que sostiene mi ser, le da sentido, lo mantiene firme y me permite seguir adelante en cualquier situación? Esta pregunta solamente tiene respuesta desde la contemplación y el silencio espiritual del que hablamos en nuestra «mirada» anterior…

Jesús García Aiz





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