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Cultura - Almería - 25/10/2020

Gasolina. Capítulos 3 y 4

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Gasolina. Capítulos 3 y 4


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Capítulo 3. La escalera

Hoy el señor Pablo me ha mandado llevar un paquete al hotel y me ha dicho que sea muy educado. No sé porque ha tenido que insistir en eso, yo siempre soy muy educado, aunque reconozco que estoy nervioso porque nunca he visto un hotel por dentro. Una vez vi uno en una revista y me pareció muy lujoso. Muy limpio. La puerta de este es inmensa, parece de un castillo. Al entrar a la derecha hay una barra como si fuese un bar pero más fina. Junto a la barra hay un ascensor y en el centro, derramándose sobre la entrada, una escalera blanca que se va ensanchando a medida que baja. Está flanqueada por dos barandillas doradas que la acompañan hasta arriba como si la estuvieran sujetando en el aire, antes de dividirse a izquierda y derecha. Nunca había visto algo tan hermoso. No entiendo como alguien puede utilizar el ascensor teniendo la oportunidad de subir por esa maravilla. Desde que he entrado, la chica de la barra me mira fijamente, sonríe como si me conociera. Es guapa y delgada. Seguro que huele bien. << Vengo de parte del señor Pablo de la gasolinera, me ha dicho que entregue aquí este paquete >>. << Perfecto, déjalo en el mostrador ¿Tengo que firmarte algo? >>. No para de sonreír y no sé qué decirle. Como supongo que ya se habrá dado cuenta de que no me conoce, quizá es porque le he caído muy bien. Me he duchado esta tarde y llevo la ropa nueva que me regaló la señora María. Debo oler bastante bien. << ¿Te ha gustado la escalera? >> Me pregunta << Es preciosa >>. << Si quieres puedes subir por ella pero por favor no toques las barandillas para no mancharlas con la grasa de tus dedos >>.

Es tan elegante como delicada y a la vez firme y resistente como una montaña. No me atrevería a decir qué me gusta más, si subir por ella escalándola como si intentara conquistarla, o bajar derramándome con ella sobre la entrada. He subido y bajado varias veces, no sé, he perdido la cuenta. La chica de la barra me mira fijamente pero ya no me sonríe. Me voy diciéndole adiós con la mano.

Nunca hubiera imaginado que podía vivir tan cerca de algo tan maravilloso. Les he pedido al Señor Pablo y a la Señora María que siempre que tengan que llevar un paquete al Hotel me avisen. Los dos me han dicho que sí y los dos han sonreído al hacerlo. Me siento muy feliz, quizá más de lo que he sido nunca. Gasolina se ha dado cuenta y no para de darme vueltas rozándose con mis piernas.

Capítulo 4. Cachorro

Una mañana la señora María estaba muy triste. Un camarero me contó que se le había muerto la madre. Yo no sé realmente si mi madre está muerta, me abandonó el mismo día que nací. Yo creo que hizo lo correcto. Mi padre me confesó, una noche que estaba muy borracho, que no sabía qué hacer conmigo y me tuvo cinco años y cuatro meses encerrado en una habitación llorando. Luego vino gente del ayuntamiento y me llevaron con ellos. A los dos años dejé de llorar y me devolvieron con mi padre. Quizá por eso no me gusta llorar.

Esa misma mañana el señor Pablo también tenía mala cara. Estaba enfadado porque el hombre que pagaba el alquiler del apartamento de mis dos vecinas llevaba tiempo sin llevarle el dinero. No me gustaba aquel hombre siniestro que apestaba a tabaco y siempre vestía con ropa oscura. Venía solo por la noche y hacía mucho ruido. Pensé que sería el padre de ellas y por eso pagaba sus gastos y luego las reñía. Parecía un hombre muy exigente. Siempre que venía, alguna de ellas acababa llorando. Yo escuchaba los gritos y los gimoteos desde mi apartamento. Era muy molesto. Un día, después de una visita, la morena que siempre estaba sonriendo y que se llama Andrea, tenía la cara triste y un ojo morado. Mi padre también me gritaba cuando yo era un niño y a veces me pegaba pero no lloré nunca, bueno, salvo una vez cuando mató a mi perro para castigarme. Esa noche había bebido más aún de lo normal. Luego se arrepintió y varios días después me regaló un cachorrito precioso. Era rechoncho y juguetón, con el pelo color canela y blanco. Era más suave que la mejor de las lanas. Pero le dije que no lo quería y se enfadó “Pues entonces me lo quedo para mí” me dijo. Esa misma tarde cogí al cachorro y le retorcí la cabeza hasta matarlo. Lo tiré a un contenedor. Lo hice porque era suyo y ahora estábamos en paz. Era lo correcto. Le dije que se me había escapado y estoy seguro de que no me creyó pero no me dijo nada. Él tampoco lo quería. Ese animal nunca debería haber nacido.

Miguel Parra

Capítulo 1 y 2

Capítulo 3 y 4

Capítulo 5 y 6

Capítulo 7 y 8

Capítulo 9, 10 y 11




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