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Opinión - Moisés S. Palmero Aranda
Educador ambiental y escritor - 14/10/2020

El reino de los corruptoindicadores

El poder es adictivo. Por eso ni dimiten hasta que un juez lo demuestra

Almeria 24h
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El reino de los corruptoindicadores


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Escuchando a la desenamorada Corina, las declaraciones sobre el caso Kitchen y viendo algunos documentales paralelos al estreno de Patria, es inevitable no pensar en Urdangarin, Bárcenas, Vera y Barrionuevo. Me da que tienen que estar sonriendo, celebrando estas pequeñas victorias, que nada rebajarán sus merecidas condenas y que no servirán para restaurar, a su juicio, el honor perdido por el vapuleo al que fueron sometidos en los medios de comunicación.

No quiero con esta opinión salir en su defensa, porque no los considero inocentes y están cumpliendo las penas por los delitos que cometieron. Ellos firmaron, ellos trincaron, ellos infringieron las leyes, ellos pagan. Bueno, pagar no paga nadie, porque el dinero nunca aparece. Pero no me negaran que, viendo y escuchando lo que está saliendo a luz, ahora no parezcan los ideólogos, ni cabecillas de ninguna trama corrupta, sino simples marionetas a las que les hicieron creer actores principales.

Podemos seguir señalándolos porque al fin y al cabo sus delitos son los únicos que se han demostrado y sobre los que hay una sentencia firme, pero ellos solo hicieron lo que vieron, lo que les enseñaron, ni más ni menos. La diferencia es que a ellos los pillaron con las manos en la masa por sus errores, por su avaricia, porque se creyeron más listos que los demás, porque pensaban que nadie los pillaría o porque alguien los sacrificó, como a los peones que eran, para evitar el jaque al rey.

Su figura, la del cabeza de turco, la del repudiado por sus compañeros de partido, la del si te visto no me acuerdo, la refleja muy bien Rodrigo Sorogoyen en su exitosa película El Reino. Una frase destaco de su última escena, el clásico si yo caigo tiro de la manta. El corrupto acorralado por la justicia y la opinión pública, amenaza a sus compañeros en la televisión, mostrando las pruebas que ha conseguido poniendo su vida en peligro. Entre otras muchas verdades sentencia que “El poder protege al poder”.

De eso se trata en todas estas tramas, en no perder el poder, porque cuando te alejas de él, no eres nadie, aunque hayas sido el mismísimo Rey de España durante cuarenta años, o tesorero de un partido en el Gobierno, Ministro de Interior, o alcalde de un pueblo del poniente almeriense. Cuando te despojan del poder ya nos les sirves, eres un lastre al que hay que sacrificar. Y los que durante mucho tiempo se han sentido intocables, cuando descubren que los van a colocar en el paredón de fusilamiento hacen cualquier cosa por evitarlo. Y como todos tienen mucho que perder terminan llegando a un pacto. Agacha la cabeza, no hables con nadie, chúpate unos cuantos años de cárcel y luego ya veremos.
No creo que a nadie le haya sorprendido los negocios del Rey Emérito, o que Rajoy estuviese al tanto de cómo funcionan las cloacas del estado, o que la X de los Gal se apellide González.

Por supuesto que a todos estos pensamientos nos tenemos que obligar a poner el presunto por delante, que la justicia suele ser más dura con el que injuria que con el que roba millones de las arcas públicas o usa el dinero de todos para su propio beneficio.

Luego ya podemos entretenernos en ver movimientos conspiranoicos para acabar con la monarquía, o derrocar al gobierno o en la llegada del comunismo que amenaza nuestras libertades. Podemos debatir si el mal de la corrupción, de la podredumbre de nuestro país, está en la baja estopa de nuestros políticos, o es que el español lo lleva en sus genes y ellos solo son el reflejo de nuestra sociedad.

El poder es adictivo. Por eso ni dimiten hasta que un juez lo demuestra, ni se cortan un pelo. A lo más se lo recogen en un moño y charlan del tiempo, estando imputado, con el Presidente del Consejo General del Poder Judicial a la vista de todos. Hay muchos como ellos, en todas las administraciones, en todos los partidos políticos, a todos los niveles. Adictos al poder que en cualquier momento se convierten en apestados, pero que mientras tanto nos miran por encima del hombro.

Mas que cebarnos con el caído deberíamos pensar en quien lo ha tirado. Urdangarin y compañía son solo los corruptoindicadores que nos señalan que algo estamos haciendo mal y que nuestra sociedad está en declive. Como en ecología, cuando un bioindicador, nos señala un impacto al medio ambiente, deberíamos aplicar medidas correctoras y restauradoras. Mientras no lo hagamos seguiremos entretenidos con los folletines televisivos que no son nada más que una cortina de humo.





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