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Opinión - Jesús García Aiz
La Mirada de la Fe - 27/09/2020

SER SIGNO PARA ABRIR CAUCES DE DIÁLOGO CON EL MUNDO

Ahora bien, si es necesario revitalizar la vida cristiana y la vida eclesial, esta vigorización no puede ser para ella misma, en un proceso de ensimismamiento, sino para la sociedad actual y futura en la que estamos llamados a construir y vivir como cristianos y ciudadanos conscientes

Almeria 24h
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SER SIGNO PARA ABRIR CAUCES DE DIÁLOGO CON EL MUNDO


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Uno de los cambios que nos permitiría revivificar la vida cristiana surge a partir de la recuperación de las comunidades parroquiales como estructura básica del gran tejido de la Iglesia. Comunidades formadas por cristianos adultos que se articulan y relacionan en régimen de fraternidad, que, en muchas ocasiones, desarrollan su vida en una situación de diáspora, de minoría, en contextos sociales de indiferencia e incluso de persecución por el enrarecimiento de la sociedad de hoy (y de siempre). Son comunidades llamadas a ser significativas por su estilo de vida, por la forma de relacionarse sus miembros entre sí y por su servicialidad hacia aquellos que necesitan su ayuda. Comunidades que, precisamente por su vocación de significatividad, no pueden convertirse en guetos, sino que necesitan estar abiertas al mundo para ser luz (cf. Mt 5, 14-16).

Unas comunidades que, a partir del discurrir de su vida, de sus necesidades de funcionamiento, y movidas por el Espíritu, generan de forma natural una pluralidad de ministerios al servicio de la comunidad y de la sociedad, especialmente al servicio de los necesitados de nuestro mundo. Ministerios ordenados, ministerios instituidos y ministerios y servicios con carácter temporal que expresan y hacen realidad el carácter servicial de todo discípulo de Cristo, y que muestran una Iglesia más significativa, si cabe, por el hecho de potenciar la vida comunitaria de sus miembros: desde el que la preside (sacerdocio ministerial) hasta los que la componen y participan en ella (sacerdocio bautismal).

Ahora bien, si es necesario revitalizar la vida cristiana y la vida eclesial, esta vigorización no puede ser para ella misma, en un proceso de ensimismamiento, sino para la sociedad actual y futura en la que estamos llamados a construir y vivir como cristianos y ciudadanos conscientes. En efecto, una Iglesia solícita en el servicio no puede estar siempre a la defensiva, sino en diálogo con el pensamiento, la ciencia y la cultura actuales. Debe ser una Iglesia que sienta las esperanzas y las angustias de nuestro mundo porque no le son ajenas, sino propias (cf. GS 1). Una Iglesia que, como decía Karl Rahner, salga de la «introversión eclesiológica» que padece, porque en demasiadas ocasiones tiene la tentación de pensar ante todo en sí misma y en su subsistencia, más que en el excelso anuncio y la gran esperanza de la que es portadora.

Una Iglesia en constante y renovada misión, en la que todos y cada uno de sus miembros, muestren de forma significativa a Aquel que vino a rescatarnos y liberarnos de las pesadas ataduras que nos lastran. Pues, esa es la Iglesia de Cristo, siempre viva y revivificante, llena de la frescura y vigor que siempre comporta llevar en su seno la constante novedad del evangelio a los hombres de todo tiempo y lugar; porque siendo, como es, signo (signum salutis), es decir, sacramento universal de salvación, está llamada a abrir cauces de diálogo con el mundo.

Jesús García Aiz




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