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Opinión - Jesús García Aiz
La Mirada de la Fe - 16/06/2019

Y DIOS ENVIÓ SU ESPÍRITU (II): SU ACCIÓN EN NOSOTROS

Si una enfermedad grave corta en seco nuestros proyectos y lográsemos mantener la alegría, haciendo gala de una fortaleza que nos sorprendiera a nosotros mismos, el Espíritu Santo la ha puesto en nuestro interior

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Y DIOS ENVIÓ SU ESPÍRITU (II): SU ACCIÓN EN NOSOTROS


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Si una tarde, renunciando a un plan más agradable, decidiésemos visitar a una persona de carácter difícil que necesita de compañía más que del aire para respirar, es el Espíritu Santo quien nos ha llevado allí; y si además no contásemos a nadie lo que hicimos, es que el empujón que nos dio fue más fuerte todavía. Si una enfermedad grave corta en seco nuestros proyectos y lográsemos mantener la alegría, haciendo gala de una fortaleza que nos sorprendiera a nosotros mismos, el Espíritu Santo la ha puesto en nuestro interior. Si nos rondase por la cabeza la idea de dejar todo para dedicar nuestra vida a los más necesitados, el Espíritu Santo estaría detrás de ese runrún.

Quizás alguien pudiera pensar que también muchas personas no creyentes son generosas y tienen alegría. Naturalmente. Cuando vamos por la calle el viento no empuja solo a los creyentes, sino a todos. La diferencia entre unos y otros es que los creyentes sabemos que es el Espíritu Santo quien inspira nuestras buenas acciones y los no creyentes lo ignoran; pero —como dijo san Juan Pablo II— «Dios guía al hombre incluso cuando este no se da cuenta».

Según el Catecismo de la Iglesia católica, «Dios está en todas partes». Entonces, ¿qué sentido tiene decir que el Hijo de Dios «vino al mundo» y que el Espíritu Santo «viene a nuestro interior»? La respuesta para san Agustín es sencilla, pero insuperable: «ser enviado» equivale a «hacerse visible»; se dice que alguien es enviado cuando se manifiesta exteriormente. Y, desde luego, incluso en la práctica, es muy distinto saber o ignorar que Dios —el Espíritu Santo— está dentro de nosotros, porque lo que nos impulsa a obrar no es la realidad objetiva, sino lo que a nosotros nos parece real.

Notemos, para terminar, que en el Credo no decimos simplemente que «existe el Espíritu Santo», sino que «creemos en el Espíritu Santo». La «prueba del algodón» para saber si lo creemos de verdad es preguntarnos: ¿qué cambiaría en mi vida si no creyera en el Espíritu Santo? Y, si contestáramos que probablemente no cambiaría nada, convendría recordar aquellas geniales palabras de Miguel de Unamuno: «Si uno me dice que cree que hay habitantes en Saturno, le preguntaré al punto qué cosas de las que hace o pueda hacer dejaría de hacer en el caso de que no hubiese en Saturno habitantes, o qué cosas de las que no hace haría en tal caso, y si me contesta que para él todo continuaría lo mismo, le replicaré que ni eso es creer que haya habitantes en Saturno ni cosa parecida». Pues bien, se hace necesario abrir nuestros ojos del alma para contemplar y admirar su acción en nosotros.




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